En el centro polvoriento de la ciudad, al mediar el jirón Ica, hay una vieja casa de balcones y celosías, cuyas paredes maculadas por el tiempo y los incultos transeúntes (manos sentimentales que graban flechas y corazones y rasgan nombres de mujer, dedos aviesos que esculpen sexos y palabrotas ) dejan ver todavía, como a lo lejos, celajes de la que fuera pintura originar, ese color que en la Colonia adornaba mansiones aristocráticas: el azul añil.
La construcción, antigua residencia de marqueses, es hoy una endeble fábrica reparcheada que resiste de milagro, no ya los temblores, incuso los moderados vientos limeños y hasta la discretísima garúa.
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