Paisanos y seguidores

5 de abril de 2012

La casa de los espíritus; Isabel Allende



Era ésa una larga semana de penitencia y de ayuno. No se jugaba baraja, no se tocaba música que incitara a la lujuria o al olvido, y se observaba, dentro de lo posible, la mayor tristeza y castidad, a pesar de que justamente en esos días, en aguijonazo de demonio tentaba con mayor insistencia la débil carne católica. El ayuno consistía en suaves pasteles de hojaldre, sabrosos guisos de verdura, esponjosas tortillas y grandes quesos traídos del campo, con los que las familias recordaban la Pasión del Señor, cuidándose de no probar ni el más pequeño trozo de carne o de pescado, bajo pena de excomunión, como insistía el padre Restrepo. Nadie se habría atrevido a desobedecerle. El sacerdote estaba provisto de un largo dedo incriminador para apuntar a los pecadores en público y una lengua entrenada para alborotar los sentimientos.




-¡Tú, ladrón que has robado en dinero de culto! –gritaba desde el púlpito señalando a un caballero que fingía afanarse en una pelusa de su solapa para no darle la cara –. ¡Tú, desvergonzada que te prostituyes en los muelles!- y acusaba a doña Ester Trueba, inválida debido a la artritis y beata de la Virgen de Carmen, que abría los ojos sorprendida, sin saber el significado de aquella palabra ni dónde quedaban los
muelles –.

1 comentario:

Chelo dijo...

Un gran avance el comentar libros. Un abrazo

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